Por Fernando Mut Oltra, Presidente de Societat Civil Valenciana.
Y después de más de dos meses, aún siguen limpiando. Son todo un ejército de gentes, en su mayoría jóvenes, armados con escobas y alas, uniformados con botas de agua. Están eliminando el
barro que se acumuló en las calles y casas de sus semejantes tras una lluvia brutal que se les vino encima, de más al norte.
Hablan entre ellos y se animan. De vez en cuando algunos cantan pero no se oyen quejidos. Saben que son ellos los que tienen que abordar los problemas que sufren las personas que se han quedado sin casa y sin enseres personales, sin lugares donde trabajar o reunirse, sin colegios para sus niños. Pero ellos sólo trabajan y siguen y siguen limpiando. Palas, cubos y escobas. Botas de agua y mucha determinación.
Eso pasó hace ya más de sesenta días y siguen agradecidos a quienes enviaron donativos, regalos para sus niños en Navidad, alimentos y ropa y en especial a los que dan de comer a los afectados y a la enorme cantidad de gente que acude de todos los lugares de España… a limpiar. Porque saben que son como ellos, que digo, son ellos mismos y nada quieren a cambio.
Las cosas van mejorando, faltaría más, y continúan arrimando el hombro junto a los ciudadanos de las Fuerzas Armadas, los Bomberos, los de Cáritas y de la Cruz Roja, de la Plataforma del
Voluntariado y tantos otros.
Se les vio pasar el primer día en fila por la pasarela, con sus cepillos para barrer y su bolsita de plástico en la que supongo llevarían algún que otro bocadillo y plátano para que sus semejantes
pudiesen comer, pero allí no había nadie, nadie organizaba la ayuda, nadie se hacía cargo de nada, excepto ellos, reinaba la desolación y el miedo.
¿Dónde están los míos? Preguntaba la gente en los pueblos: a muchos se los ha tragado el agua y los que viven en los bajos, han tenido que subir a los pisos mientras el río se llevaba todo por delante.
Los que venían a socorrer a quienes consideraban sus hermanos, sabían bien lo que pasaba. ¿Cómo van a creer en los que nos gobiernan?. Ellos van a la suya, a ayudar. Todo lo demás es mentira. Son la pasarela de la solidaridad. Hasta 100.000 registrados. Nadie que les coordine. “Venimos a ayudar a lo que sea”. Desconcierto, confusión y caos.
La gente tiene que abrazar, tiene que llorar.
Estamos ante un Estado fallido, desorganizado y podrido. Ellos son conscientes de tanta miseria moral que inunda la política.
Nuestra generación, ya muy mayor, creó el Estado de Derecho, la Democracia, y una una Constitución fundada sobre la partitocracia, con un sistema autonómico más federal que los propios
países federales y la cosa funcionaba. Era la alegría de contribuir a construir una sociedad mejor, lejos de la oscura dictadura.
En medio, unas generaciones se desarrollaron en plena bonanza económica, en un contexto en el que estábamos integrados en Europa, y en los organismos mundiales: reforzados frente al mundo.
La entropía, sin embargo, es ley universal y el sistema se fue corroyendo sin que nadie pusiera coto a su deriva. Todos estaban a gusto, muchos obtenían sus beneficios. Pero las generaciones de ahora ya lo ven con claridad: el sistema ha entrado en barrena y su degradación, en su organización actual, es irreversible.
Andaba yo en duermevela, viendo entre brumas, a esas filas armadas con escobas y bocadillos. Venían de los cuatro puntos cardinales de España y al pasar por pueblos y ciudades, se les sumaban
gentes y más gentes. Su destino eran las Cortes y el Senado.
Sin chillar, ni insultar, al llegar instaban a los próceres a que bajaran sus armas: las palabras y las normas, a que seleccionaran a un representante de cada grupo, a los más sabios y honrados, para formar una mesa de regeneración que suspendiera la actividad política al uso y eligieran un grupo, de entre los mejores ciudadanos del país, profesionales, que marcaran las pautas de una forma de vida plasmada en la adecuación de la Constitución, al tiempo en que vivimos, lejos del enfrentamiento contumaz y de los intereses económicos y partidistas para lograr establecer un modelo de sociedad aceptable para todos, en especial para los llegaban en masa a las Cortes y al Senado, pues son ellos el presente y el futuro.
Pero no alcancé a vislumbrar el final, aunque supe que sólo era el principio de lo que estaba por venir. Luego, al despertar, opté por el silencio. Era consciente de que, con lo que vi, rompería los enormes intereses que se habían creados con los años, así que me puse a leer el Quijote, justo en el capítulo LVIII con aquella frase “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres ”.